Alejandro Páez Varela, en EL UNIVERSAL: “Podemos decir que el problema de México es ‘su mala suerte’, pero confiaremos demasiado en los astros. Cada quién puede creer lo que quiera; yo digo que la raíz de todos nuestros males está en los políticos mexicanos”

Haiga sido como haiga sido, Brasil rebasó a México por la izquierda. La ola amarilla asumió el liderazgo de Latinoamérica en muy pocos años; demostró que es posible conciliar los intereses del liberalismo económico con una visión social; mantiene una lejanía suficiente con Cuba y con Estados Unidos, pero los retiene de su lado. Diversificó el comercio y lo fortaleció, mientras se vuelve una potencia en energía y en desarrollo científico, y un punto de referencia en el debate sobre la nueva arquitectura financiera y social del planeta.

El artífice de este fenómeno se llama Luiz Inácio Lula da Silva, un niño bolero que no tuvo título profesional pero se ganó el de presidente; un sindicalista que devolvió las manifestaciones a las calles después de la dictadura, y las contuvo para concentrar esas fuerzas en el desarrollo. Es el Lula al que Barack Obama llama “amigo” mientras se retrata junto a Hugo Chávez, Fidel, Raúl Castro o Evo Morales. No es gratuito que este personaje, considerado uno de los líderes globales por la revista Time, sea el rostro de la región. En medio de una crisis, sin muchas pretensiones, construye un nuevo Brasil en contra de lo que apostaron infinidad de analistas por el sólo hecho de ser de izquierda, progresista y fundador de un Partido del Trabajo. Para dar una lección de inteligencia sin radicalismos, no tuvo empacho en entregar el banco central a un liberal ortodoxo, a la vez que colocaba, a cargo de la hacienda pública, a un individuo con compromiso social.

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