Fue la más reñida contienda electoral del México moderno. Sacó a millones de mexicanos de sus casas y permitió un volumen histórico de votos. Larga y costosa, infectada por los adjetivos y las descalificaciones, abrió llagas y fraccionó peligrosamente el tejido social. Ahora, el derechista Felipe Calderón, declarado ganador de la Presidencia, deberá sanar a los lastimados y alcanzar la reconciliación. Sólo asà podrá gobernar, e intentar la cirugÃa mayor para un paÃs que espera, en urgencias y desde hace tiempo, ser atendido de su peor mal: la pobreza. Por Alejandro
Especial para Newsweek en Español*
MEXICO. Impecables los dos, de traje oscuro y de buen humor, Manuel Bartlett y Cuauhtémoc Cárdenas se abrazaron y compartieron una misma mesa para anunciar, ante las cámaras de tv, un frente común. Era el 8 de noviembre de 2003. “Ojalá el tema energético fuera una cuestión a negociar entre Manuel y yo, porque estarÃa arregladoâ€?, dijo Cárdenas, para algunos el lÃder moral de la izquierda mexicana desde los 80. “El pasado ahà está, eso no lo vamos a moverâ€?, comentó Bartlett, senador del PRI. “Pero hoy sà está en riesgo el destino del paÃsâ€?.
La escena provocó un alboroto polÃtico. La historia contemporánea ubicaba a los dos personajes como adversarios irreductibles: todavÃa hoy, Bartlett es señalado como el artÃfice del fraude de 1988 que habrÃa entregado ilegalmente la Presidencia al priÃsta Carlos Salinas de Gortari. Entonces era Secretario de Gobernación y, en ausencia de un órgano electoral autónomo (como lo es hoy el Instituto Federal Electoral, IFE), era también el encargado de las votaciones. Cárdenas habÃa contendido desde la oposición, y los observadores electorales locales y extranjeros, asà como el resto de los partidos polÃticos –excepto el PRI, claro– le habÃan concedido el triunfo.
Pero ese dÃa de 2003, los que fueron enemigos irreconciliables se unieron contra el presidente Vicente Fox Quesada, que intentaba abrir al capital privado el sector energético, administrado por el Estado mexicano desde 1938 en gran medida por los oficios polÃticos de los padres de ambos, dos nacionalistas postrevolucionarios hoy fallecidos.
A pesar de que los polÃticos mexicanos han demostrado ser pragmáticos y buenos para brincar de bandos ideológicos, tuvieron que pasar 15 años desde aquél conflicto electoral para que estos dos personajes pudieran verse de frente.
Asà de grande fue aquella herida de 1988. Y asà de largo fue el camino de la reconciliación, que todavÃa hoy no termina: una mayorÃa de esos opositores al PRI, entonces de izquierda y de derecha mezclados en un frente nacional, no perdona a Bartlett (ni a Salinas de Gortari). Siguen culpándole de robo electoral, y ven el acercamiento de Cárdenas como un ejemplo de pragmatismo desbordado y protagonismo, escondido tras una causa de gran peso en el ánimo nacionalista mexicano.

