Y eso que no has llegado a mi edad, dijo. “A mi edad, los años se van más rápido”. Intenté decirle que era porque pensaba demasiado en eso. Me di cuenta de que no había gran distancia entre los dos y tomé la decisión de esperar unos años. Ahora vivo en la carne lo que me dijo aquella vez. Todavía no lo alcanzo, pero ya lo vivo. Y sí: entre más viejos somos, más rápido se van los días. Y sí: pienso más en eso. La diferencia entre ser joven y maduro se puede medir por las veces que piensas en un día en que ya te alcanzaron los años. Imaginemos que nunca me advirtió que mientras más años tienes, más rápido palpita el tiempo. ¿Se me irían más lentos los años? ¿Pensaría menos en eso? Creo que no: le estoy entregando un poder a mi apóstol del tiempo que en realidad no tiene. (Bajo esta premisa, tampoco es apóstol del tiempo, como lo he llamado). Presiento que me habría enterado de todas maneras. Esto le concierne al tiempo: entre más años tienes, te trata con mayor desdén. Otra manera de saber qué tan maduro o joven eres, es midiendo con cuánto desdén te trata el tiempo.
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ALEJANDRO PAEZ VARELA, EN EL UNIVERSAL: “Sobre el desdén del tiempo”
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