En una esquina del centro histórico del Distrito Federal duermen, comen, defecan, existen, se drogan y dejan de soñar varios jóvenes de entre los 12 y los 20 años de edad. Muchos de ellos han perdido la cordura: gritan, aúllan, manotean, andan semidesnudos, se pelean o, en cuclillas, simplemente fijan la vista en las llantas de los autos de esos miles que, como yo, pasamos a diario por esa zona cero de la miseria humana. No creo que hayan probado alguna vez los cocteles de pastillas de Michael Jackson, a los que atribuyó el presidente de México su muerte. Inhalan solventes baratos. Cuadras a la redonda, conviven varios periódicos, estaciones de policía (incluso su museo), oficinas del Senado de la República y el Senado mismo, y los desayunadores en los que los políticos mexicanos juegan a ser prohombres. Muy cerca están la SIEDO y la PGR, Sedesol y la Lotería de Elba Esther Gordillo. Y un poco más allá quedan la oficina del jefe de Gobierno del Distrito Federal y el Palacio Nacional, desde donde la Secretaría de Hacienda administra los pesos públicos.
ALEJANDRO PÁEZ VARELA, en El Universal: “En la zona cero de la miseria humana”
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